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Unidad de la Iglesia

Por supuesto que a Dios no le agradan las divisiones que como humanos, por razones administrativas y culturales (preferencias en las formas de culto, alabanza, ritos, etc.), aunque también de énfasis doctrinales (los dones, tipo de bautismo, santidad, interpretaciones sobre el rapto, y el milenio, etc.), hemos hecho en las denominaciones que (como las divisiones que había entre los Corintios), no dejan de ser humanas, temporales, terrenales, susceptibles de perfeccionamiento y de caer en error.

Ya hace tiempo que me retiré de promover una religión en vez de promover a Cristo, quien está por encima de todas nuestras debilidades, egoísmo, inmadurez, y defectos humanos. No olvidemos que personas tan imperfectas como Salomón, David, Pedro y tantos otros grandes siervos de Dios que también cometieron grandes pecados; gracias a la más que suficiente y eficaz sangre de Jesucristo, fueron limpiados y transformados por gracia, en instrumentos útiles en las manos de Dios, para edificar la iglesia y completar la obra de redención que (¡Gloria a Dios!) Jesucristo completará con nosotros, sin nosotros, y a pesar de nosotros, antes de que (¡Ya pronto!) suene la final trompeta.
¡Sí! que cada día más y más cristianos neófitos e infantiles (los que siguen diciendo "¡Yo soy de Pablo!" "¡Yo soy de Apolos!"), descubran que la única lealtad que vale y trasciende es a Cristo, y que lo único que verdaderamente le sirve a Dios y la iglesia, es escuchar y obedecer fiel y perseverantemente (hasta la muerte), el llamado de Dios a Su servicio y a cumplir sus propósitos, independientemente de la "camiseta" que estemos usando en este mundo (por muy imperfecta que sea). La iglesia como una escuela, nos sirve para aprender a ser cada día mejores hijos, siervos, instrumentos y ministros de Cristo; como un hospital, nos ayuda a sanar nuestras heridas espirituales, emocionales y físicas; y como cuartel, es donde se nos capacita cada día más, para vivir en victoria contra los diarios, fastidiosos, dolorosos, y perseverantes dardos de fuego del maligno, quien al considerarnos una amenaza mortal para su reino vencido y destinado en breve, al lago de fuego; nos ataca cruelmente, donde más nos duele, intentando inútilmente (¡Gracias a Dios!), desanimarnos, sin darse cuenta que lo único que logra es darnos más oportunidades para alcanzar victorias y vivir glorificando a Dios. Porque mayor es el que está en nosotros, que el vencido Satanás que gobierna temporalmente, como príncipe usurpador, este mundo.

Que Dios nos ayude a ser promotores de la unidad espiritual de la iglesia para que, a pesar de los pesares, cumplamos la voluntad de Cristo de que seamos uno, como Cristo y el Padre son uno: En espíritu y en verdad. ¡Que Dios, en su misericordia y con su sobrenatural capacitación, nos siga usando para honra y gloria del Cordero, para edificación de la iglesia y para bendición de tantos menesterosos que en vez de disminuir, como lo predijo Cristo ("a los pobres siempre los tendréis"), cada vez se multiplican más.
Ahora, más que nunca, debemos de promover el amor, la unidad espiritual, y la urgencia por servir a Dios en la única, eterna, y universal iglesia, esposa, cuerpo, y familia de Cristo.

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