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DEVOCIONAL: LA ORACION, ¡PROLONGADA Y BREVE!

“No te des prisa con tu boca, ni tu corazón se apresure a proferir palabra delante de Dios; porque Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra; por tanto, sean pocas tus palabras” (Eclesiastés 5:2).

A menudo hay cierta pretensión en las oraciones prolongadas. Un deseo de levantar una “línea de crédito” con Dios; una ambición por copiar la vida de oración de algunos hombres usados por Dios; un intento sutíl de impresionar al Señor, cansándolo con muchas palabras para que actúe. Me pregunto si Dios alguna vez se aburre. ¿Deseará Él más oraciones y peticiones breves e inteligentes? Algunos de nosotros vamos a nuestro lugar de oración y simplemente “parloteamos sin parar”. Nos apresuramos y nuestra oración no es otra cosa que palabrería, llena de “clichés” de loros, peticiones sinsentido y patrones de alabanza imitados. Dios merece una presentación consiente e inteligente de nuestras necesidades, una ofrenda de alabanza sincera proveniente de una mente lúcida y una dignidad basada en nuestro respeto al Rey de Reyes.


Sea usted específico con Dios en su oración y El será especifico con usted en Su respuesta. Ni la indiferencia ni la ligereza tienen lugar en sus atrios.


Jesús dijo: “Quedaos aquí, y velad conmigo.” (Mateo 26:38).


El verdadero propósito de la oración es que nosotros podamos disfrutar de la comunión personal con El Señor. El corazón es renuente de habitar en la presencia de Dios y se satisface a sí mismo con “devocionales”. Esto se refiere a un momento apresurado antes de dormir, a una breve oración “al paso” en la mañana y una lectura veloz de un fragmento de la Escritura, en parte asimilado. Ni aun todo el testimonio que un hombre pueda dar por toda la tierra, puede exonerarlo de su tarea y privilegio de orar en lo secreto.


¡Encerrado con Dios hasta que el alma carnal sea transformada! Nadie debe orar sin arar y nadie debe arar sin orar.


Cada don de Dios le costará un gemido. Los verdaderos hombres y mujeres de Dios se sienten demasiado débiles para enfrentar al enemigo cada día, sin una oración diaria, consistente.

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